Acerca de la famosa frase de Marx sobre el opio y la religión en su contexto

Autor: 
Iván Fuentes

Hace unos pocos días visitando la biblioteca de la Facultad de economía, encontré un libro que me atrajo por su portada y título llamativos: se trata de El ateo portátil, del inglés Christopher Hitchens, un compendio de diversos autores, relacionados con el tema de la religión. Me llamó mucho la atención un fragmento de Marx: está sacado de la Introducción a Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, obra escrita en 1843. Es ahí donde Marx escribió aquella famosa frase: “la religión es el opio de los pueblos”, que todos han escuchado, pero muy probablemente no han leído en su fuente. Personalmente, confieso que es una obra que no he leído aún.

La famosa frase ha sido reproducida millones de veces, vilipendiada, admirada y demonizada a la vez, pero creo poder asegurar que casi siempre sacada totalmente de su contexto, y juzgada casi exclusivamente por el timbre sonoro de las palabras “opio” y “pueblos” bajo los parámetros acústicos que esas palabras tienen en la sociedad de nuestra época, en fin, bien vale la pena traducir de forma contextualizada la cita:
El fundamento del criticismo irreligioso es: el hombre hace a la religión ; no la religión al hombre. La religión es, efectivamente, la auto-conciencia y la autoestima del hombre quien, ya sea no se ha ganado a sí mismo, o se ha perdido a sí mismo de nuevo. Pero el hombre (der Mensch) no es un ser abstracto, puesto fuera del mundo. El hombre es el mundo del hombre –el Estado, la sociedad. Este Estado y esta sociedad producen la religión, la cual es una conciencia invertida del mundo, porque están en un mundo invertido . La religión es la teoría general de este mundo; su compendio enciclopédico, su lógica en forma popular, su point-d'honneur espiritual, su entusiasmo, su sanción moral, su complemento solemne, y su base universal de consolación y justificación. Es la realización fantástica de la esencia humana, dado que la esencia humana no posee ninguna realidad verdadera. La lucha contra la religión es indirectamente, por lo tanto, la lucha contra ese mundo cuyo aroma espiritual es la religión.
 

El sufrimiento religioso es, en uno y al mismo tiempo, la expresión de sufrimiento real y una protesta contra el sufrimiento real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, el alma de una condición desalmada. Es el opio de los pueblos.

La abolición de la religión como la felicidad ilusoria de los pueblos es la exigencia de su real felicidad. La demanda de abandono de sus ilusiones acerca de su condición es la demanda de abandonar una condición que requiere de ilusiones. La crítica de la religión es entonces, en embrión, el criticismo de ese valle de lágrimas del cual la religión es su santa aureola.

Interesante, ¿no?,  Dicen que un antropólogo británico encontró que los miembros del pueblo Fang en Camerún creen firmemente en brujas que tienen un órgano interno de tipo animal, que en las noches se separa de ellas y vuela sobre los sembrados arruinando las cosechas, y que esas brujas se juntan a veces en orgías donde devoran a sus víctimas humanas. Muchos de esos campesinos jurarán que un amigo de un amigo, o un conocido, ha visto a esas criaturas en sus incursiones nocturnas y que su existencia es una absoluta verdad indiscutible.


 

¿Cómo hay gente que puede creer semejantes cosas tan irracionales y sin sentido alguno? Pues bien, hay gente que cree que algo terrible le va a pasar a uno si uno enciende un fuego exactamente un minuto después de que la primera estrella de la noche del viernes aparece en el firmamento, y que ese maleficio terrible es anulado solamente por la visión de la primera estrella en el firmamento del día siguiente.

Hay otros que creen que hace unos dos mil años un hombre nació del vientre de una mujer que nunca copuló; es decir, nació sin padre biológico alguno, y que este hombre sin padre biológico murió, pero a los tres días volvió a la vida y desapareció, con cuerpo y todo, yéndose hacia el cielo. Hay gentes que creen que un ser todopoderoso va a leer todos los papelitos escritos que se ponen entre las grietas de las piedras del muro de un antiguo templo, y que de alguna manera ese ser todopoderoso va a responder a las peticiones escritas en esos papelitos. Hay otras gentes que creen que la imagen de una mujer vestida con un manto apareció de la nada impresa en el poncho de un indígena mexicano, y que ese poncho se puede encontrar hoy en día en Ciudad de México.
 

Todas estas extrañas creencias dependen del entorno geográfico y social donde la persona se encuentra. Si nosotros –tanto ustedes como yo– fuéramos nacidos y criados en Kandahar, Yakarta o Mumbai, seguramente veríamos como irracional, o por lo menos muy extraña y ajena, la creencia en algunas de las cosas que he mencionado arriba.

En la famosa frase de Marx sobre el opio me parece que lo de la droga es lo menos relevante. Lo que todavía al día de hoy es importante es esa conciencia invertida del mundo que posibilita transformar en una virtud humana la actitud de creer en cosas extrañas, sin soporte e insoportables, sin ninguna evidencia de ningún tipo, y cuyo propósito es tratar de alcanzar una felicidad ilusoria en este valle de lágrimas, la sociedad humana.

 

Fecha: 
23-FEB-2014